La vanguardia sintió que lo era por última vez. Era el momento del posminimalismo y del amplio delta en el que desembocó el arte conceptual. Era imposible llevar más allá el horizonte de la significación artística ni tampoco poner más difícil su comercialización. De hecho, la vanguardia prescindía del objeto, con lo que no es que cualquier cosa pudiera ser arte, sino que éste se había hecho invisible, meramente intencional. Richard Serra ejecutó su obra Splashing, un reguero de plomo fundido proyectado sobre la intersección de la pared y el suelo, mientras Dan Flavin exponía en el museo Whitney, de Nueva York, sus instalaciones luminosas. Las etiquetas se sucedía: Arte de la Tierra, Arte del Cuerpo. Arte Procesual, Arte y Lenguaje. Andy Warhol, superviviente del atentado del que había sido objeto al dispararle una fanática, cerró su Factory y decidió convertirse en una autoexplotada mercancía artística.
La 4 Documenta de Kassel, entonces en su apogeo como última instancia de legitimación vanguardista, consagró ese año del 68 las corrientes neodadaístas y pop, incluyendo entre estas últimas las del entonces emergente hiperrealismo o fotorrealismo. Fue el momento en que se hablaba con acento progresista del "arte industrial" y del "arte cibernético". El izquierdismo radical de la agitación juvenil había logrado, por otra parte, quebrar la ortodoxia antivanguardista de los partidos organizados. Haciendo suya la consigna de los viejos surrealistas, la revolución exigía ahora cambiar la vida, ahora tratada como una obra de arte. El liderazgo de la llamada Internacional situacionista, sobre todo, entre jóvenes radicales del Mayo francés, fue indiscutible: partidarios del uso revolucionario de la cuidad, ganaron la calle con su concepción artística de la estrategia política.
Por: Francisco Calvo Serraller; Catedrático de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid).