Las ansias de libertad de los jóvenes marcaron un nuevo rumbo donde el estilo de la calle triunfó.
Aquella revolución empezó en 1960 de la mano de los inquietos, contestatarios y zarrapastrosos jóvenes que los americanos llamaron beatniks, y se alargó unos diez años. El vestido era símbolo de muchas otras cosas: empezaba una nueva época de la mano de las más numerosa generación de jóvenes jamás conocida. Querían un mundo de libertad y sus ropas exhibieron esta bandera.
El 68 fue el año Twiggy. La frágil imagen de esta chica inglesa fue la cara femenina del swinging London, una ciudad y un tiempo mágicos en el que por primera vez reinaron los jóvenes. La época quedaba marcada por la sensibilidad de una masa de rebeldes antipuritanos, adoradores de rupturas artísticas, sociales y políticas y que conformó una verdadera revolución estética.
Una oleada de ideas novedosas rompía con todas las convenciones: 1968 sería la consagración de la estética juvenil: el pop.
Desde este momento nada sería como antes. El unisex aparecía para reforzar la idea de que el traje no hace al sexo; un grito de igualdad se oyó en todo el mundo. Su eco resuena aún, el mundo y la moda son hijos de todas aquellas excentricidades fantásticas.